El templo del box contra las cuerdas

Cuando José Pepe Lectoure y su socio Ismael Pace juntaron dinero para levantar en 1931 el definitivo Luna Park, jamás imaginaron que ese baldío descampado sobre tierras de relleno en ribera de Buenos Aires se convertiría con el tiempo en uno de los sitios más exclusivos de la ciudad.

Hoy el predio está en las narices de Puerto Madero, por encima del Río de la Plata y al lado de Paseo del Bajo. Es decir: vista y conectividad aseguradas en la zona porteña donde más cotiza el metro cuadrado (alrededor de 34 dólares cada uno).

Por ese motivo es que desde hace largos años resuenan rumores sobre millonarios intereses inmobiliarios en torno a esa manzana delimitada por la avenida Corrientes y las calles Madero, Bouchard y Lavalle. Un sector preciado cercano a Catalinas Sur, donde en este momento se está construyendo una monumental torre de oficinas de treinta pisos.

Los corrillos tomaron más fuerza a partir de la muerte de Ernestina Devecchi en 2013. La viuda de Pepe Lectoure y socia de su sobrino Juan Carlos Tito Lectoure fue la última propietaria de la familia tras la muerte de aquellos dos. Como no había dejado descendencia (Pepe había sufrido sífilis de joven y le recomendaron no tener hijos), Devecchi entregó por testamento el 95 por ciento de las “acciones” del Luna al Arzobispado de Buenos Aires con el propósito de que este lo administre en beneficio de Cáritas y la orden salesiana San Juan Bosco.  Fue ahí cuando circularon distintas versiones sobre el posible cambio de destino del Luna Park.

La historia del Luna Park estuvo signada por pujas inmobiliarias e intereses políticos desde su mismo nacimiento: Lectoure y Pace se mudaron a la manzana actual después de haber sido desplazados de la ubicación inicial en Corrientes y Carlos Pellegrini (donde hoy está el Obelisco), ya que se iba a ensanchar la 9 de Julio y el Luna original quedaba en la zona a demoler. Incluso fueron varios los dirigentes políticos que intervinieron de una u otra manera: Juan Domingo Perón (que era asiduo concurrente de las veladas de box) impidió personalmente una orden de desalojo dictada por la municipalidad de Buenos Aires en 1951 para ensanchar la avenida Madero. Seis años después, el vicepresidente de facto Isaac Rojas logró desarticular una orden de clausura yRoberto Viola frenó durante la última dictadura una declaración de monumento histórico que iba a limitar cualquier modificación arquitectónica.

El Luna fue además escenario de varios episodios emblemáticos. En 1938 se realizó un multitudinario mitín nazi para celebrar la invasión de Hitler en Austria que se terminaría convirtiéndose en la reunión más grande de esos “simpatizantes” fuera de Alemania. Y en sus gradas se conocieron el 22 de enero de 1944 Perón y Evita, en el recordado evento a beneficio por el terremoto en San Juan. Mientras que el 15 de septiembre de 2010 Néstor Kirchner realizó allí su última aparición pública tres días después de ser sometido a una angioplastia y un mes antes de fallecer.

Tanto Pepe Lectoure como Ismael Pace murieron durante la década del ’50 y la propiedad quedó en manos de sendas viudas. Pero Ernestina Devecchi de Lectoure ganó más especio e incluso le compró una parte adicional a su socia. La nueva “conducción” se redondeó con el ingreso al negocio de Tito Lecoture, sobrino del finado Pepe y figura ascendente en la estructura del Luna.

Tito le dio nueva impronta al lugar y lo consolidó no sólo como un templo del boxeo, sino también como un lugar de recitales en el que el rock escribió varias de sus páginas inolvidables (como el accidentado concierto de La Pesada del Rock&Roll en 1972 o el legendario “Adiós Sui Generis” que estableció un nuevo record de convocatoria dentro del género).

Para eso fue clave el apoyo de su tía política Ernestina, con la que además mantuvo un discreto pero apasionado romance. Con perfil bajo y evitando todo tipo de exposición, Ernestina se convirtió en una de las mujeres más poderosas de Argentina: contó el periodista Ernesto Cherquis Bialo que recurrentemente quiso juntarla con Ernestina Herrera de Noble y Amalia Fortabat para una producción periodística que hubiese sido impresionante. Pero Devecchi siempre se opuso y nunca pudo ser.

La muerte de Ernestina Devecchi abrió una nueva era en la historia del estadio, ya que el Arzobispado administró el lugar pero acusando frecuentemente la caída de su explotación comercial. Algo que había reconocido públicamente el propio Esteban Livera, quien tras el fallecimiento de su tío Tito Lectoure en 2002 intentó volver a promover veladas boxísticas aunque sin el éxito de antaño.

Según BAE Negocios, las ganancias del Luna Park en 2017 fueron de 400 mil dólares, una cifra que luce escasa en función de la relevancia que tiene el lugar como sede de convocantes espectáculos artísticos. El propio Jorge Bergoglio solía utilizar el estadio para ordenar sacerdotes y tal vez por eso fue que el año pasado el mismo Vaticano salió a desmentir los rumores de venta.

No obstante, esto último, en los días pasados reflotaron las versiones sobre el firme interés de un grupo inversor por hacerse del lugar a cambio de 50 millones de dólares. La excusa del Arzobispado es el alto costo de mantenimiento que le demanda la administración del Luna Park y, en otro orden, la necesidad de encontrar una vía alternativa de recaudación ante la gestión de la curia para abdicar a 130 millones de pesos que anualmente el estado le eroga.

Sin embargo, hay un obstáculo legal insalvable en la posible operación: en 2001 el Luna fue declarado como sitio de interés cultural y seis años después como monumento histórico nacional. Además, pesa sobre la manzana una disposición de área de protección histórica. Todas estas reglamentaciones impiden la modificación tanto de la arquitectura como del uso del lugar.

La única forma de revertir este escenario es que la Legislatura porteña modifique el código urbanístico, un mecanismo que se resuelve con mayoría especial pero que tiene un mal antecedente: en 2015 quisieron hacer lo mismo con una manzana en el barrio de Balvanera que fue demolida entera para construir justamente un estadio, pero la oposición de los vecinos terminó obligando al gobierno de la ciudad a hacer allí una plaza.

Por: Juan Provéndola
Fuente: realpolitik.com.ar