De la fiebre amarilla al coronavirus, cómo las epidemias cambiaron nuestros ritos funerarios

Los cementerios porteños desde hace años, ya no se ven llenos de gente el 2 de noviembre por el Día de los Muertos, o de los Fieles Difuntos según la denominación de la religión católica. Las fotos de las largas colas para entrar a Chacarita, o de los tranvías llegando con pasajeros en los estribos, quedaron para la historia. Sin embargo, en los últimos años hubo celebraciones multitudinarias en Flores, en donde la comunidad boliviana desplegó sus propios ritos. Domingo y lunes, ese cementerio estará cerrado. Y como ocurrió hace un siglo y medio con la fiebre amarilla, una epidemia, en este caso la del coronavirus, vuelve a cambiar las costumbres alrededor de la muerte.

Si bien la pandemia que vive el mundo en la actualidad puso en pausa a los ritos funerarios que aún persisten. Los cementerios prácticamente cerraron y miles de personas que perdieron la vida por el Covid-19 u otras causas no pudieron ser despedidas por su familiares y amigos debido a que se limitó el ingreso a los cementerios. Hace sólo tres semanas se rehabilitaron los servicios religiosos al aire libre con un tope máximo de diez personas. En cuanto a las visitas, pueden ser de a dos y de una hora como máximo. 

Muchos son quienes aún conservan la costumbre de ir al cementerio el Día de los Muertos, tendrán limitaciones. Y en Flores directamente no se podrá ingresar. Según pudo saber Clarín, en los alrededores se montará un operativo de seguridad para evitar que haya aglomeraciones afuera.

Entre 50 y 60 mil personas se reúnen en el cementerio de Flores. La mayoría son de la comunidad boliviana en la Argentina. Según la tradición, el 2 de noviembre es el día en el que los difuntos visitan a sus familiares vivos. Por eso, estos les cocinan los que eran sus platos favoritos y los sirven junto a las tumbas, en donde se reúne toda la familia.

«Su cultura funeraria es muy distinta a la nuestra», dice Hernán Vizzari, investigador que se dedica al  patrimonio funerario de la Ciudad, y agrega: «Este ritual consiste en la donación de ofrendas a las almas, por medio de un altar improvisado que es adornado con flores, velas, bebidas, algunas frutas y dulces, además de otros elementos, como también músicos que se acercan a las sepulturas para darle unas breves notas musicales al difunto».

La tradición viene de las poblaciones prehispánicas, sobre todo las que habitaron la zona de México, en donde los rituales se mantienen. Allí, la pandemia también obligó a cerrar los cementerios entre el sábado y el lunes.

En Chacarita, por su parte, hasta hace 30 años se superaban las 200 mil personas cada 2 de noviembre. Primero los tranvías, luego los colectivos y más tarde el subterráneo llegaban repletos de familias enteras. También era el Día de las Flores, ya que nadie podía entrar sin tener una ofrenda para dejar .

«Se armaban carpas en las que se vendía comida y hasta se dividían las columnas de la puerta principal para ordenar a quienes entraban y salían», relata Vizzari. Eran tiempos en los que la policía iba a Chacarita para detener a prófugos de la Justicia que no podían evitar la tradición de llevarle una flor a sus muertos.

La fiebre amarilla obligó a construir en tiempo récord el viejo cementerio de la Chacarita, que se inauguró el 14 de abril de 1871 en donde hoy está la Plaza Los Andes.

«Como el número de muertos aumentó de manera vertiginosa (llegó a unos 14.000), el cementerio del Sur (en Parque Patricios, donde hoy está el Parque Florentino Ameghino), colapsó y cerró. Por eso se pidió la creación de un cementerio en los terrenos de la Chacarita de los Colegiales», rememora Vizzari, y suma: «Hasta se trazó y emplazó un ferrocarril que iba del centro porteño al cementerio. Le decían el Tren de la Muerte».

Por su parte, el cementerio del Norte (Recoleta) continuó inhumando a las familias que tenían sus bóvedas allí.

Con el tiempo, Recoleta se convirtió en un cementerio museo que alberga tumbas de personajes ilustres. Ahora los recorridos turísticos están suspendidos. Lo mismo ocurre en Chacarita, que también conserva panteones y bóvedas que son testimonio de cientos de historias. Allí está, por ejemplo, el mausoleo de Carlos Gardel. Del viejo cementerio del Sur, donde ahora hay un parque, quedó el monumento a los caídos por la fiebre amarilla.

Hasta ahora, en la Ciudad murieron 5.000 personas por el coronavirus. Los 14.000 fallecidos por la fiebre amarilla era una cifra alta en función de la población porteña de ese momento.

Mientras la pandemia actual sigue su desarrollo, los cementerios porteños no estuvieron ni cerca de colapsar. Se hicieron cambios y se acondicionaron más de 8.000 espacios.

Para la gran mayoría de los porteños que dejaron de lado costumbres funerarias de otros tiempos, el Día de los Muertos sin poder ir a un cementerio no representará una modificación en sus hábitos. Sin embargo, como la fiebre amarilla hace un siglo y medio, el coronavirus también marca un cambio en los ritos y las costumbres urbanas.

SC